Al cabo de un tiempo, te levantas de la cama y recoges los
pedazos de ti mismo con tremendo esfuerzo y apatía. Empiezas a unir los
trozos y te vas animando en la labor. Cuando finalmente tienes todo
engarzado y tus articulaciones pueden volver a funcionar echas a andar
con aire despreocupado, casi sin gesticular y sin ganas de pronunciar
una palabra.
Tus remiendos se van convirtiendo
en cicatrices y para entonces ya emites frases sueltas, un "te quiero",
"gracias", "salgamos a tomar algo". Te montas en la bicicleta y
pedaleas hasta sentir que te arde la traquea por todo ese tiempo
perdiendo la forma tirada en cama y rota. Cuando acabas con la bici te
levantas y vas hacia la habitación y cargas las mancuernas de dos kilos
notando cada músculo contrayéndose y extendiéndose en cada movimiento.
Y luego coges la cuerda y empiezas a saltar en vez de querértela
enroscar en el cuello, todo un avance.
Te duchas
y te sientes fresca, renovada. Y sales a mirar el buzón y tienes un
montón de cartas de amigos lejanos preguntando dónde y cómo estás y te
sientes importante. Encuentras tres cartas especialmente especiales y
sonríes como estúpida pensando en lo maravillosa que es la vida por
hacerte coincidir en el espacio-tiempo con esa gente, te llena de
orgullo haberles conocido.
Y te vuelves a poner
las zapatillas y hasta te animas a poner un poco de música y te montas
de nuevo en la bici. Vuelves a sentir ese ardor en la traquea pero ya
no te importa, ya no piensas ni siquiera que la cuerda sirve también
para enroscártela y las mancuernas pesan menos.
No te sientes orgullosa, te sientes viva.


No hay comentarios:
Publicar un comentario