13 abril 2013

Remiendos.

Al cabo de un tiempo, te levantas de la cama y recoges los pedazos de ti mismo con tremendo esfuerzo y apatía. Empiezas a unir los trozos y te vas animando en la labor. Cuando finalmente tienes todo engarzado y tus articulaciones pueden volver a funcionar echas a andar con aire despreocupado, casi sin gesticular y sin ganas de pronunciar una palabra.

Tus remiendos se van convirtiendo en cicatrices y para entonces ya emites frases sueltas, un "te quiero", "gracias", "salgamos a tomar algo". Te montas en la bicicleta y pedaleas hasta sentir que te arde la traquea por todo ese tiempo perdiendo la forma tirada en cama y rota. Cuando acabas con la bici te levantas y vas hacia la habitación y cargas las mancuernas de dos kilos notando cada músculo contrayéndose y extendiéndose en cada movimiento. Y luego coges la cuerda y empiezas a saltar en vez de querértela enroscar en el cuello, todo un avance.

Te duchas y te sientes fresca, renovada. Y sales a mirar el buzón y tienes un montón de cartas de amigos lejanos preguntando dónde y cómo estás y te sientes importante. Encuentras tres cartas especialmente especiales y sonríes como estúpida pensando en lo maravillosa que es la vida por hacerte coincidir en el espacio-tiempo con esa gente, te llena de orgullo haberles conocido.

Y te vuelves a poner las zapatillas y hasta te animas a poner un poco de música y te montas de nuevo en la bici. Vuelves a sentir ese ardor en la traquea pero ya no te importa, ya no piensas ni siquiera que la cuerda sirve también para enroscártela y las mancuernas pesan menos.

No te sientes orgullosa, te sientes viva.




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