Todos aquellos que simpatizamos con los animales sabemos el impulso
irrefrenable que produce ver un animalito sentadito mirándote con ojos
de necesitar los mimos más grandes del mundo. Mis animales favoritos son
los gatos, especialmente los blancos.
Cierro mis ojos y comienza mi cerebro a prepararme una experiencia precisamente con un minino. Se trataba de un gatito blanco, de unos 6 meses, un poquito lleno de suciedad debido a que era callejerito. Estaba tumbado en el césped con las patitas metidas en su pecho, y su postura recordaba la forma de un caracol; ronroneaba y tenía los ojillos parpadeando casi cerrados por la modorra que tenía. Me acerqué al felino intentando darle una caricia, pero me confié y el animal se asustó por mi gesto al estirar mi brazo, y me mordió antes de echar a correr como alma que lleva el diablo.
Pasado un rato, mirando mi mano mientras me hacía unas curas, veía que la herida empezaba a amoratarse, pero no me preocupé porque pensaba que era normal. Pero muy pronto el color se empezó a tornar negruzco con bordes amarillentos y al tocar la herida la carne se me desprendía con el mínimo roce. Sentía dolor de cabeza y la herida empezaba a ampliarse produciendo un reguero de infección por prácticamente todo el antebrazo, luego cogía un aspecto negro y brilloso, y sentía cómo me punzaba con dolor.
De repente me vi en una camilla escuchando cómo varios médicos decían que estaba ocurriéndome también en las piernas y el resto del brazo donde me había mordido el gato y que había que operar. Hubo un momento en que el sueño se tornó blanco por cuestión de segundos y nuevamente desperté dentro del mismo sueño en la misma camilla. Me incorporaba y me daba cuenta que tenía un muñón a la altura del hombro y en una de las piernas a la altura de la rodilla. Me faltaba uno de mis senos y notaba cómo me invadía ese dolor punzante en la otra pierna.
Miré mi talón y estaba necrosándose también, la carne empezaba a colgar cayéndose por sí sola y del agujero que empezaba a formarse emanaba una sustancia espesa y amarillenta, pus. Volví a verlo todo blanco por unos segundos y volvía a despertar, esta vez más aturdida y dolorida. Se acercaba a mí uno de los sanitarios y me explicaba que habían tenido que amputarme todas las extremidades hasta la altura de las articulaciones del hombro y caderas, y también el otro seno, pero que el parásito no paraba de extenderse por mi cuerpo. Habían tenido que reanimarme en un par de ocasiones por paradas cardíacas y que de un momento a otro iba a morir, pues la necrosis iba a llegar a mis órganos internos.
Sentí angustia y alivio, pensé que era mejor morir antes que vivir completamente mutilada, pero pensé en que no había más nada qué planear, y personas a las que dejaría de ver. Mis ojos se humedecieron y de repente los abrí. Los abrí de verdad y comprobé que tenía todo en mi sitio, y que la cama donde estaba era la de mi habitación, con mi gato blanco de ojos bicolor en mi regazo mirándome despertar.
Cierro mis ojos y comienza mi cerebro a prepararme una experiencia precisamente con un minino. Se trataba de un gatito blanco, de unos 6 meses, un poquito lleno de suciedad debido a que era callejerito. Estaba tumbado en el césped con las patitas metidas en su pecho, y su postura recordaba la forma de un caracol; ronroneaba y tenía los ojillos parpadeando casi cerrados por la modorra que tenía. Me acerqué al felino intentando darle una caricia, pero me confié y el animal se asustó por mi gesto al estirar mi brazo, y me mordió antes de echar a correr como alma que lleva el diablo.
Pasado un rato, mirando mi mano mientras me hacía unas curas, veía que la herida empezaba a amoratarse, pero no me preocupé porque pensaba que era normal. Pero muy pronto el color se empezó a tornar negruzco con bordes amarillentos y al tocar la herida la carne se me desprendía con el mínimo roce. Sentía dolor de cabeza y la herida empezaba a ampliarse produciendo un reguero de infección por prácticamente todo el antebrazo, luego cogía un aspecto negro y brilloso, y sentía cómo me punzaba con dolor.
De repente me vi en una camilla escuchando cómo varios médicos decían que estaba ocurriéndome también en las piernas y el resto del brazo donde me había mordido el gato y que había que operar. Hubo un momento en que el sueño se tornó blanco por cuestión de segundos y nuevamente desperté dentro del mismo sueño en la misma camilla. Me incorporaba y me daba cuenta que tenía un muñón a la altura del hombro y en una de las piernas a la altura de la rodilla. Me faltaba uno de mis senos y notaba cómo me invadía ese dolor punzante en la otra pierna.
Miré mi talón y estaba necrosándose también, la carne empezaba a colgar cayéndose por sí sola y del agujero que empezaba a formarse emanaba una sustancia espesa y amarillenta, pus. Volví a verlo todo blanco por unos segundos y volvía a despertar, esta vez más aturdida y dolorida. Se acercaba a mí uno de los sanitarios y me explicaba que habían tenido que amputarme todas las extremidades hasta la altura de las articulaciones del hombro y caderas, y también el otro seno, pero que el parásito no paraba de extenderse por mi cuerpo. Habían tenido que reanimarme en un par de ocasiones por paradas cardíacas y que de un momento a otro iba a morir, pues la necrosis iba a llegar a mis órganos internos.
Sentí angustia y alivio, pensé que era mejor morir antes que vivir completamente mutilada, pero pensé en que no había más nada qué planear, y personas a las que dejaría de ver. Mis ojos se humedecieron y de repente los abrí. Los abrí de verdad y comprobé que tenía todo en mi sitio, y que la cama donde estaba era la de mi habitación, con mi gato blanco de ojos bicolor en mi regazo mirándome despertar.

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