Escucho mi respiración. Siento un
frío seco rodeando mi cuerpo, y veo una tenue luz desprenderse de mi
pecho la cual me alumbra el camino. Estoy dentro de una especie de túnel
de paredes blancas grisáceas con una textura porosa como la cerámica.
Está vacío, no tiene detalles. Yo llevo encima un ralo camisón blanco de
lino con mangas tan largas que me tapan todas las manos y voy descalza.
Mientras avanzo sobre mis pasos pesados puedo escuchar gemidos de dolor viniendo de todas partes, y entonces escucho algo detrás mía. Era un ser oscuro, humanoide, de piernas largas que se ondeaban a cada paso como si fueran regalices, sus brazos eran del tamaño de un hombre normal, y aunque no pude distinguir ninguna facción en su cara, pude ver sus anchos dientes podridos, lo cual ya me hacía sospechar de su malignidad.
El ser daba grandes zancadas y llevaba en su brazo derecho una especie de bastón algo más alto que él, y con ese bastón golpeaba el suelo y el túnel se iba rompiendo dejando detrás un enorme agujero negro. Parecía que detrás tenía la nada. Estaba segura que si retrocedía me perdería en esa inmensa oscuridad que ocupaba el lugar de las paredes de cerámica.
Yo corría, o al menos lo intentaba, porque sentía las piernas pesadas, me notaba cansada del esfuerzo por moverme pero no veía ningún avance. Mi respiración era más forzada y pensé que podía asfixiarme si seguía intentándolo.
Pero de repente perdí de vista al ser y me distrajo el lamento de un perro dolorido. Apareció entonces arrastrándose el torso de un Teckel blanco y negro, alguien había partido por la mitad al animal y creo que me temía quién había sido, por lo que mis nervios empezaron a triturarse.
Cogí la mitad del animal y seguí intentando correr con él en brazos, pero el túnel empezaba a coger forma de laberinto, se bifurcaba por todas partes y no sabía a dónde estaba yendo. Entonces encontré la mitad trasera del perro convulsionando. De la nada saqué una aguja e hilo y me dispuse a coser al animal por su circunferencia, sin preocuparme si sus vísceras estaban bien acomodadas y unidas dentro.
Cuando acabé la faena, el perro se puso en pie y con una voz afónica me dio las gracias y echó a andar como si nunca hubiera estado herido. Lo seguí y pasados diez pasos me cegó una luz. Era el final del túnel. Cuando recuperé la visión pude reconocer la manzana en la que estaba mi casa. Era de noche y llovía. Recorrí diez veces la manzana, y a pesar de que todas las casas de mis vecinos seguían ahí, yo no conseguía encontrar la mía.
Sentí angustia, me sentí en peligro y abandonada en la fría noche. Pensé que quizá no volvería a ver a mis amigos y familia, y que quedaría atrapada en esa oscuridad eternamente. Lloré desconsoladamente durante un largo rato, y cuando no tuve más respiración para seguir llorando, noté que me desvanecía.
Entonces desperté. Con lágrimas en los ojos, a salvo en cama con mi perro acurrucado a mis pies. Nunca sentí tanta tristeza como aquella mañana.
Mientras avanzo sobre mis pasos pesados puedo escuchar gemidos de dolor viniendo de todas partes, y entonces escucho algo detrás mía. Era un ser oscuro, humanoide, de piernas largas que se ondeaban a cada paso como si fueran regalices, sus brazos eran del tamaño de un hombre normal, y aunque no pude distinguir ninguna facción en su cara, pude ver sus anchos dientes podridos, lo cual ya me hacía sospechar de su malignidad.
El ser daba grandes zancadas y llevaba en su brazo derecho una especie de bastón algo más alto que él, y con ese bastón golpeaba el suelo y el túnel se iba rompiendo dejando detrás un enorme agujero negro. Parecía que detrás tenía la nada. Estaba segura que si retrocedía me perdería en esa inmensa oscuridad que ocupaba el lugar de las paredes de cerámica.
Yo corría, o al menos lo intentaba, porque sentía las piernas pesadas, me notaba cansada del esfuerzo por moverme pero no veía ningún avance. Mi respiración era más forzada y pensé que podía asfixiarme si seguía intentándolo.
Pero de repente perdí de vista al ser y me distrajo el lamento de un perro dolorido. Apareció entonces arrastrándose el torso de un Teckel blanco y negro, alguien había partido por la mitad al animal y creo que me temía quién había sido, por lo que mis nervios empezaron a triturarse.
Cogí la mitad del animal y seguí intentando correr con él en brazos, pero el túnel empezaba a coger forma de laberinto, se bifurcaba por todas partes y no sabía a dónde estaba yendo. Entonces encontré la mitad trasera del perro convulsionando. De la nada saqué una aguja e hilo y me dispuse a coser al animal por su circunferencia, sin preocuparme si sus vísceras estaban bien acomodadas y unidas dentro.
Cuando acabé la faena, el perro se puso en pie y con una voz afónica me dio las gracias y echó a andar como si nunca hubiera estado herido. Lo seguí y pasados diez pasos me cegó una luz. Era el final del túnel. Cuando recuperé la visión pude reconocer la manzana en la que estaba mi casa. Era de noche y llovía. Recorrí diez veces la manzana, y a pesar de que todas las casas de mis vecinos seguían ahí, yo no conseguía encontrar la mía.
Sentí angustia, me sentí en peligro y abandonada en la fría noche. Pensé que quizá no volvería a ver a mis amigos y familia, y que quedaría atrapada en esa oscuridad eternamente. Lloré desconsoladamente durante un largo rato, y cuando no tuve más respiración para seguir llorando, noté que me desvanecía.
Entonces desperté. Con lágrimas en los ojos, a salvo en cama con mi perro acurrucado a mis pies. Nunca sentí tanta tristeza como aquella mañana.

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