Lo curioso de los sueños, es que bien pueden pasar varias horas mientras
en tu experiencia onírica sólo han pasado tres minutos. A veces tampoco
hace falta tener sueños largos para pasarlo bien o mal, porque incluso
con cinco o seis diálogos puedes tener el mejor sueño de tu vida o la
peor de las pesadillas.
Esta pesadilla es muy corta, pero lo pasé realmente mal por su contenido violento, y me dejó muy triste porque lo sentí como una confirmación personal de pérdida completa de mi fe en la humanidad.
Cierro mis ojos y cuando caigo en sueño profundo, me veo caminando por una calle con casas y negocios sobre esa misma acera. Al acercarme a uno que era una ferretería, veo salir a un hombre de unos cincuenta años, canoso, con ropa manchada de pintura blanca. Está fumando un cigarrillo, y detrás de él sale un perro malherido.
El perro es blanco con una mancha negra en la cadera y un antifaz del mismo color, es de pelo corto. Por todo su lomo presenta profundas heridas que dejan ver los huesos de su columna, y las heridas siguen apareciendo ante mis ojos por todo su cuerpo, y todas reflejan el mismo aspecto de haber sido infligidas con violencia. No estoy segura de si se lo ha hecho alguien e la ferretería o de si ha sido una pelea con otros perros, sin embargo el animal sigue sosteniéndose en pie y andando al lado del presunto dueño.
El perro lo sigue con toda la sumisión, pese a todo lo que pueda sentir físicamente no duda en obedecer a su amo. El hombre coge el móvil y empieza a hablar con una persona, y escucho la conversación que más o menos recuerdo así:
“ – Sí, que lo destace y que le quite la piel, ¿no?... Ajá, que lo deje bien limpio… ¿Quieres los cuartos traseros o sólo lo aprovechable?... ¿Qué lo corte para hacer brochetas?... ¿La cabeza que se la quede y haga un caldo o te la llevo a ti?... Yo lo veo para tirar, no merece la pena ni comérnoslo…”
Mientras escuchaba lo que pretendía hacer con el animal, yo veía al perro caminando ignorante de su destino, fiel a la persona que acompañaba, aguantando su dolor para ir a cualquier parte que lo llevasen, y una taquicardia me golpeaba el pecho con fuerza y un ataque de ira se apoderó de mí.
Me acercaba al hombre y lo cogía por detrás con mi brazo rodeando su cuello, lo metía a uno de los portales para no dar la nota en la calle. Él tiraba el móvil y el cigarrillo en el forcejeo, y yo le gritaba y amenazaba. Apretaba cada vez más fuerte su cuello hasta que le escuchaba crujir y lo mataba.
Me desperté por la taquicardia y mientras iba recuperando la conciencia notaba la mandíbula relajarse. No hay nada más reconfortante y desconcertante que darte cuenta de que todo ha sido un sueño, un sueño muy real, un sueño que por desgracia a estas alturas de la vida, no es tan descabellado que ocurra en alguna parte del mundo.
Esta pesadilla es muy corta, pero lo pasé realmente mal por su contenido violento, y me dejó muy triste porque lo sentí como una confirmación personal de pérdida completa de mi fe en la humanidad.
Cierro mis ojos y cuando caigo en sueño profundo, me veo caminando por una calle con casas y negocios sobre esa misma acera. Al acercarme a uno que era una ferretería, veo salir a un hombre de unos cincuenta años, canoso, con ropa manchada de pintura blanca. Está fumando un cigarrillo, y detrás de él sale un perro malherido.
El perro es blanco con una mancha negra en la cadera y un antifaz del mismo color, es de pelo corto. Por todo su lomo presenta profundas heridas que dejan ver los huesos de su columna, y las heridas siguen apareciendo ante mis ojos por todo su cuerpo, y todas reflejan el mismo aspecto de haber sido infligidas con violencia. No estoy segura de si se lo ha hecho alguien e la ferretería o de si ha sido una pelea con otros perros, sin embargo el animal sigue sosteniéndose en pie y andando al lado del presunto dueño.
El perro lo sigue con toda la sumisión, pese a todo lo que pueda sentir físicamente no duda en obedecer a su amo. El hombre coge el móvil y empieza a hablar con una persona, y escucho la conversación que más o menos recuerdo así:
“ – Sí, que lo destace y que le quite la piel, ¿no?... Ajá, que lo deje bien limpio… ¿Quieres los cuartos traseros o sólo lo aprovechable?... ¿Qué lo corte para hacer brochetas?... ¿La cabeza que se la quede y haga un caldo o te la llevo a ti?... Yo lo veo para tirar, no merece la pena ni comérnoslo…”
Mientras escuchaba lo que pretendía hacer con el animal, yo veía al perro caminando ignorante de su destino, fiel a la persona que acompañaba, aguantando su dolor para ir a cualquier parte que lo llevasen, y una taquicardia me golpeaba el pecho con fuerza y un ataque de ira se apoderó de mí.
Me acercaba al hombre y lo cogía por detrás con mi brazo rodeando su cuello, lo metía a uno de los portales para no dar la nota en la calle. Él tiraba el móvil y el cigarrillo en el forcejeo, y yo le gritaba y amenazaba. Apretaba cada vez más fuerte su cuello hasta que le escuchaba crujir y lo mataba.
Me desperté por la taquicardia y mientras iba recuperando la conciencia notaba la mandíbula relajarse. No hay nada más reconfortante y desconcertante que darte cuenta de que todo ha sido un sueño, un sueño muy real, un sueño que por desgracia a estas alturas de la vida, no es tan descabellado que ocurra en alguna parte del mundo.

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