La falta de soledad no es felicidad. No me mal interprete, por favor; yo disfruto con usted y con Don Manolo, y disfruto de los días de junta de vecinos en los cuales discuto apasionadamente sobre los desperfectos del vecindario, y también de los días de barbacoa en el jardín de Don Fermín.
Pero a veces echo en falta estar sola, estar rodeada de silencio, y de romperlo echando a cantar aunque sé que voy desafinada. De desnudarme y salir sin vergüenza de una habitación a otra. De dejar sonando la música al volumen adecuado para escuchar mientras me baño. Y volver a cantar. No vigilar a los gatos y las puertas (ni mis modales). Colocar mis libros en sitios donde yo pueda verlos para acordarme que los tengo, no oir voces ajenas quejumbrosas, ni sentir tan encallados tóxicos sentimientos.
De cometer mis pecadillos horneando panecillos y no compartirlos. Porque soy golosa y así es como eché algunos kilos. Pero ahora que no puedo estar sola, ni siquiera un par de horas, he adelgazado, fumo más que antes y ya no sé cómo es mi voz cantando. Voy vestida a todas partes y apuro la ducha porque seguramente el cuarto de baño alguien lo está esperando. Ya no horneo bizcochos pero cocino para tantos, que a veces el hambre se me va (como si eso me fuera a salvar de tener que preparar).
Y madrugo para no tener que estar en la misma casa con la misma gente, vuelvo y hago la comida y vuelvo a marcharme para seguir ausente (yo sí respeto la soledad de los demás). Pero nada, de vuelta por la noche para preparar la cena y ya no tengo a dónde ir. Todos los días el mismo canal en la televisión y yo, gilipollas, tengo que verlo con sumisión. Porque no tengo a dónde ir.
¿Entiende? Yo le quiero, pero nunca rechace la soledad, algún día podría echarla de menos.
Pero a veces echo en falta estar sola, estar rodeada de silencio, y de romperlo echando a cantar aunque sé que voy desafinada. De desnudarme y salir sin vergüenza de una habitación a otra. De dejar sonando la música al volumen adecuado para escuchar mientras me baño. Y volver a cantar. No vigilar a los gatos y las puertas (ni mis modales). Colocar mis libros en sitios donde yo pueda verlos para acordarme que los tengo, no oir voces ajenas quejumbrosas, ni sentir tan encallados tóxicos sentimientos.
De cometer mis pecadillos horneando panecillos y no compartirlos. Porque soy golosa y así es como eché algunos kilos. Pero ahora que no puedo estar sola, ni siquiera un par de horas, he adelgazado, fumo más que antes y ya no sé cómo es mi voz cantando. Voy vestida a todas partes y apuro la ducha porque seguramente el cuarto de baño alguien lo está esperando. Ya no horneo bizcochos pero cocino para tantos, que a veces el hambre se me va (como si eso me fuera a salvar de tener que preparar).
Y madrugo para no tener que estar en la misma casa con la misma gente, vuelvo y hago la comida y vuelvo a marcharme para seguir ausente (yo sí respeto la soledad de los demás). Pero nada, de vuelta por la noche para preparar la cena y ya no tengo a dónde ir. Todos los días el mismo canal en la televisión y yo, gilipollas, tengo que verlo con sumisión. Porque no tengo a dónde ir.
¿Entiende? Yo le quiero, pero nunca rechace la soledad, algún día podría echarla de menos.

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